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jueves, 25 de agosto de 2011

¿Qué es ser un ‘alien’ en los Estados Unidos?

Es oficial: soy un alien en los Estados Unidos de América, en Texas, para ser más exactos. No uno de aquellos que combatía Sigourney Weaver en la legendaria saga que protagoniza, sino uno absolutamente terrenal, pero bicho raro al fin y al cabo, y lo que es más, en peligro de extinción. Recibo miradas que me escudriñan como esperando una explicación; pero no doy ninguna. Puedo sentir la perplejidad en sus ojos, incluso pesar en algunos… Así que cuando Sting cantaba ‘I am an Englishman in New York’ (soy un inglés en Nueva York) en el cual relataba lo extraño que se sentía al ser un británico implantado en las calles de la gran manzana puedo entender a qué se refería.
Sí, soy un ser extraño en la tierra del tío Sam y la razón es simple: yo camino. Camino para ir al supermercado. Camino alrededor del barrio. Camino hasta el gimnasio. Camino hasta la biblioteca. Sí, caminar, que cosa tan extraña aquí. Ver caminar a alguien –no por propósitos deportivos- sino simplemente para llegar a algún destino que para nosotros los colombianos es razonablemente cercano, es una rareza en estas tierras. Acaso poso de refugiada, como si proviniera de algún país de nombre impronunciable o de difícil localización en el mapamundi, privada de toda condición económica o peor, de la razón.
Excéntrico no es ver a un señor de 65 años con tatuajes en cada centímetro del cuerpo al mando de una Harley Davidson con su blonda mujer en chaleco de cuero de copiloto. Excéntrico no es ordenar en un restaurante una limonada ‘natural’ de tamaño small para luego recibir una bebida artificial de proporciones absurdas, que no parece estar contenida en un vaso sino en un balde. Excéntrico no es ver a toda una familia que exhibe con alegría su sobrepeso alarmante por el mall, al punto de incapacitar a uno de sus miembros para ponerse de pie y obligarlo a trasladarse en una silla de ruedas.
No. Excéntrico es caminar. Excéntrico es no conducir un carro. No hablo de no ir al volante, sino de no saber manejar uno. Y en esta categoría entro yo. La más extraña de todas: alguien que no sabe manejar y encima osa caminar hasta su destino deseado.
La palabra anglosajona ‘alien’ significa literalmente extranjero. Pues bien, los aliens aquí no necesariamente somos los que no nacimos siendo yanqui doodles; sino estos especímenes singulares en vía de extinción que gustamos de desplazarnos a pie para disfrutar de las maravillas de la naturaleza, que nos parece un descaro tomar el carro para ir a dos cuadras de la casa si el clima es benévolo, y que además contamos con orgullo que en nuestro país hay un día sin carro (o: are you serious???? Y que los domingos hasta las 2 pm se cierran muchas calles para que la gente haga uso de las mismas para practicar un deporte (what??????).
Efectivamente, los latinos somos exóticos en la nación de Obama. En un país donde un muchachito de 16 años, después de trabajar un verano, pueda comprarse un carro (no último modelo ni el más elegante por supuesto, pero carro al fin y al cabo) suena traído de los cabellos la escena típica de alguien que se mata muchos años trabajando para finalmente comprar un usado, lo cual se celebra con lágrimas de felicidad (‘mijito, está progresando!!!’) y hasta inspira una película (véase ‘El carro’ de Dago García).
Pienso entonces en los deslumbrantes Champs Elysées de París o en la cautivante avenida Paseo de Gracia en Barcelona. ¿Qué sería de estas avenidas si no pudiera caminarse en ellas? ¿Cómo apreciar la belleza de las obras arquitectónicas de un Gaudí o Lluís Domenech i Montaner? Si únicamente transitaran carros a 60 km por hora y no hubiera peatones, ¿seguiría siendo París la ciudad del romance?
Me sentí identificada cuando Sheldon, el nerd impotable The Big Bang theory, dijo en un episodio algo que yo había comentado a un amigo en alguna oportunidad: “Conducir es un trabajo inferior y mi mente está para cosas más importantes”. Por supuesto no creo en ello, y sé que tratar de justificar mi falencia en un parlamento de un personaje ficticio es un consuelo tonto. Pero por un instante fui feliz.

miércoles, 17 de agosto de 2011

En la búsqueda de una adición a la familia

Desde que perdí a mi mascota cuando tenía 12 años, lo que supuso una enorme tristeza, jamás pensé en volver a tener una: mi pseudo-cocker spaniel (era una mezcla de Spaniel sabrá Dios con qué más) no podría ser reemplazado por cualquier otro perro. Sin embargo, al ver a mi hijo de 4 años saltar de entusiasmo y enternecerse cada vez que ve a un canino, estoy considerando la posibilidad de añadir un integrante a la familia.

La primera vez que tuve mi mascota no la escogí, sino que llegó a nuestra casa como un regalo, así que jamás tuve que preocuparme por aprender de razas, cuidados ni nada por el estilo. Ahora, por el contrario, como soy completa neófita en la materia, me lancé a una profunda búsqueda por internet y me he encontrado con la sorpresa de innumerables reseñas para cada tipo de perro, descripciones sobre temperamentos (no se me había ocurrido que cada raza tuviera su carácter distintivo)que al leerlas más bien parecía que estuviera leyendo el perfil de un personaje importante en una revista; e incluso descripciones sobre enfermedades típicas inherentes a cada raza, como si de un humano se tratara (no tenía idea de que un perro pudiera padecer de hipotiroidismo).

He descubierto tanto en tan poco tiempo, que ahora no puedo entender cómo hace muchos años uno recibiera un perro en casa, así sin más, sin mayores preocupaciones.
Pero supongo que eso es lo que ocurre en estos tiempos modernos donde las mascotas ya tienen más privilegios que la gente: tienen EPS, asisten a clases de obediencia (a veces me pregunto si también funcionarán con los niños, quisiera meter a mi hijo en uno de estos cursos), guarderías y hasta ¡hoteles! Cuando yo era niña, esto no estaba en el panorama, ¡ni de lejos! No sólo esto no trasnochaba a nadie sino que los pobres animales tenían nombres tan infaustos e históricos como Nerón, Rocky (sí también entra dentro de la categoría de ‘histórico’) o en el caso de mi perro…‘Trosky’ (ni siquiera Trotsky, con la t intermedia).

Hoy en cambio, nos resignamos a escuchar en el parque cómo los dueños llaman a viva voz en el parque a sus mascotas con nombres de personas como ‘Lucas, Mateo, Matías…’, y por un momento no se sabe quién va a responder al llamado de estos nombres, si un niño o un perro, o…a veces los dos.

En un época donde los humanos llegan a ser más generosos con una mascota que con un niño (me causan escozor las fotos de Paris Hilton cargando a su mascota en bolsos de Louis Vuitton..Bueno, en realidad todas las fotos de Paris Hilton me producen este efecto), también fue sorpresivo encontrar en mi búsqueda por la red ofertas de adopción de mascotas abandonadas por sus dueños (insisto soy nueva en el tema). Así que últimamente me estoy inclinando por buscar en los refugios de animales; acaso haya algún cachorro que al igual que muchos niños, esté esperando por alguien que les dé el amor y protección que merece todo ser vivo.